La entrada de hoy radica sobre todo en el gran problema de la originalidad de los autores extranjeros. Muchas veces, sobre todo en historias ficticias, se inventan nombres para pueblos, bosques etc. que tienen algún juego de palabras implícito. Esto pasa por ejemplo en una obra que estoy traduciendo en el que se establece una doble realidad entre el mundo de las hadas (donde predomina la madera) y el mundo de la realidad (donde predomina el hierro) y justo y casualmente el pueblo donde vive la prota se llama
Ironbridge (oh, me abruma la casualidad). Claro, ¿qué haces? Es ahí cuando te sale tu vena más pura, te desdoblas y tú y tu Pepito Grillo (gran traducción del nombre inglés Jiminy Cricket):
–Ei, Jim, ¿qué hago con esto?
–Bueno, lo más importante es el significado y el sentido, ¿no crees?
–Exacto, se perdería mucho, porque no es solo esa palabra, es que a lo largo de la obra hay muchas más (un beso desde aquí para la autora).
–Pues ya está, tú misma lo tienes, si precisas más de mí: dame un silvidito.
–Bueno... pues eso haré, pero es que queda tan
feeeeeeeeeeeeeeeeo.
Y sí, señores, la novela es estética,
feo es la palabra que nos va a regir muchas de las veces. La culpa la tiene la sociedad y las traducciones que se dejan en inglés pudiendo traducirse, pero claro, aquí está la nueva generación de traductores/as dispuestos/as a combatir contra los malos vicios y corregir las cosas que nunca debieron haberse hecho.

Pero realmente es un problema el hecho de que los nombres en inglés nos suenen mejor que en nuestro propio idioma, ¿tan poco lo queremos? ¿donde están los puritanos de toda la vida? Fue a partir de cierto momento en el que se empezaron a bautizar bares de pueblo con nombres ingleses (mal puestos en la mayoría de casos) cuando empezamos a adoptar el inglés como algo normal y natural, cuando no debería ser así. No me matéis si digo que hay que defender tu propio idioma, no soy patriótica en absoluto, pero sí que soy muy puritana a la hora de hablar bien y de ahorrarse las interferencias. Y me revienta mucho el traducir un nombre al castellano dentro de una obra y que quede tan mal.
Realmente, si esa palabra no tiene significado la dejaría en original, porque ya se acordó que, hoy por hoy, los nombres no se traducen (a no ser que ya estén prefijados) y que pueden haber distintos motivos para no traducirlos: que en algún sitio se haga constar que la obra no está ambienta da en España o algo por el estilo, pero en este caso no se dan esas cosas, e incluir una nota al pie de página a un libro juvenil me parece una aberración y una falta de originalidad por parte del traductor.
Así que nada, yo opto en estos casos por hacer una traducción más o menos bonita pero en castellano, para que se pueda entender, aun con mi angelito malo que me dice que esto no queda
cool y que más bien queda un poco a lo campechano (¡
yeja!).
Pero, ¿y vosotr@s? ¿os surgen estas mismas dudas? ¿tenéis este problema? ¿os ha pasado alguna vez? ¿qué habéis hecho?
Un saludo y espero vuestras contestaciones.